Anécdotas de mi Abuelo Arturo y otras Anécdotas
Anécdotas de mi abuelo Arturo y otras anécdotas
Sobre el ingreso de mi abuelo Arturo a la Academia Militar:
Mi abuelo Arturo Duarte Carrión, era hijo de Fernando Z Carrión, diputado conservador del último gobierno de los 30 años, y Mariana Duarte Boza, hacedora y vendedora de puros chilcagres en Masaya, siendo niño sufrió de numerosas privaciones debido a que su padre, a pesar de ser millonario terrateniente, muy poco ayudó para su manutención y educación, y su madre era una campesina. Por lo que a los 13 años de edad decidió con intenciones de asegurar su futuro sin decírselo a su madre y menos aún a su padre, ingresar a la primera Academia Militar de Nicaragua. Así que una mañana muy temprano, casi de madrugada, se fue a la estación de trenes, él vivía en la ciudad de Masaya, y como pudo se coló en el tren sin pagar, y se dirigió a la ciudad de Managua con la intención de hablar con el Presidente de la época, estamos hablando de 1903, que era el General José Santos Zelaya, considerado un hombre de carácter fuerte, acostumbrado a batallar con energía y rapidez en casos violentos y nada sentimental.
Mi abuelo llegó a Managua, y después de preguntar sobre donde quedaba la oficina presidencial, se presentó a las puertas del Campo de Marte, la número uno no había aún sido construida o declarada residencia oficial del Presidente, y esperó junto a los escoltas que vigilaban la entrada a que llegará el famoso general. Al rato de estar esperando se presentaron tres carruajes y varios soldados a caballo. De los carruajes que venían adelante y atrás (del de en medio) se bajaron inmediatamente varios escoltas que formaron una valla para que entrara el presidente por la entrada principal, apartando a quien se encontraba en el camino incluso al niño Arturo Duarte, y el Presidente de largos bigotes que en sus puntas le ondulaban, vestido de traje negro y de sombrero como se acostumbraba en la época, muy despacio bajo de su carruaje, y una vez en tierra, como queriendo congraciarse con la gente que estaba en la entrada, hizo un saludo quitándose el sombrero e inmediatamente, aceleró el paso para entrar al edificio.
Arturo inmediatamente como pudo se infiltró al pasadizo que habían dejado lo escoltas para que el Presidente pasara y gritó, ¡que quería hablar con él, que era muy importante!, el Presidente volvió a ver al muchacho que gritaba y también como uno de los escoltas lo apartaba de un empujón botándolo al suelo. El General Zelaya recrimina al soldado por la acción realizada con un niño y ordena que lo dejen entrar.
Una vez adentro, en la Oficina del presidente, éste le preguntó que quería, y Arturo le contestó que entrar a la Academia Militar. El Presidente interrogó a mi abuelo acerca de su edad, y al enterarse que tenía solo 13 años, le manifestó que no podía entrar todavía ya que la edad de admisión era de 16 años de edad. Arturo insiste expresándole que aparenta más edad, que tres años pasan muy rápido, que él es una persona muy inteligente, y que esa diferencia no se notará por su propia aplicación y esfuerzo, y que además tiene vocación por la carrera de las armas. Intrigado el General por la respuesta de Arturo, le pregunta que de donde viene, quien es y quiénes son sus padres; mi abuelo ni corto ni perezoso, le responde que es Masaya comeyuca, que su nombre es Arturo Duarte Carrión y que sus padres son Fernando Z. Carrión y Mariana Duarte Boza.
Al enterarse el General Zelaya del nombre del padre de Arturo se pone de pie, y le dice en vos alta, ¡pero si tu padre es conservador! A lo que inmediatamente lo interrumpe Arturo y le replica también elevando la voz, ¡Pero yo soy liberal!
Impresionado el presidente por la respuesta que acaba de darle y en la forma en que se la dio, ordena que Arturo sea recibido en la Academia, primero como ayudante mascota, y luego al año, a los 14 años de edad, fue admitido como cadete, dos años antes de la edad mínima. Mi abuelo estuvo en el servicio militar hasta la caída del presidente Madriz en 1910, a la edad de 20 años en que se retiró con el rango de capitán con la caída del régimen liberal y la desaparición del Ejército de Zelaya.
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Sobre obsequios navideños:
Mi abuelo Arturo, como dijimos en otra oportunidad era en la década de los cuarenta vicegerente General del Departamento de Emisión del Banco Nacional de Nicaragua. Después de la reforma Max del Banco, éste había sido dividido en tres departamentos, el departamento Bancario, que tenía funciones de banco comercial, el departamento de Ultramar, que tenía funciones de compañía estatal de exportación e importación de productos, y el Departamento de Emisión que funcionaba como Banco Central.
Pues bien, mi abuelo era el más alto funcionario del Departamento de Emisión y como tal era la persona que además de otras funciones (Emisión de la moneda con autorización de la Junta Directiva del Departamento de Emisión y del Banco) autorizaba las divisas, ya que había control de cambios, para las importaciones que hacían las casas comerciales y las necesidades de los particulares. Diversos gerentes de casas comerciales en muchas ocasiones le ofrecieron comisiones (mordidas) para que autorizara divisas, que el siempre rechazó con indignación.
Como funcionario de alto rango del Banco, era bien conocido en Managua que era un pueblón y en casi todo Nicaragua. La correspondencia por esa época, llegaba a su hogar con sólo poner su nombre y la ciudad de Managua. Durante estos años en las fiestas navideñas le llegaban regalos en cantidades, consistentes en telas de lino, botellas de whisky, de vino y otros licores, canastas conteniendo manzanas y uvas etc, que llenaban la mesa del comedor y los asientos. Debemos aclarar que esta mesa era grande, ya que en él alcanzaban el matrimonio Duarte-Pérez y sus siete hijos, además de uno u dos familiares huéspedes que vivían en la casa.
En una ocasión un vecino Don Cruz Vega Arce, se apareció por aquellos días de navidad en la casa de mi abuelo, y quedó sorprendido por la cantidad de regalos que éste había recibido, y le dijo Don Arturo ¡qué popular eres y cuánto lo quieren sus amigos. Por lo que don Arturo le respondió, Mira Crucito, yo no me hago ilusiones, estos regalos no son para mí; ¡Como que no son para vos Arturo! ¿y para quién son? A lo que mi abuelo le respondió ¡Estos regalos son para el funcionario! Una vez que deje el cargo que tengo nadie se va a acordar de Arturo Duarte Carrión.
Dicho y hecho, una vez que don Arturo fue jubilado, aquella misma mesa en Navidad no tenía más que los pocos regalos de familiares, y de alguno que otro amigo comerciante, que en realidad sentían aprecio por mi abuelo y se habían quedado con la costumbre de obsequiarlo en Navidad, como László Pataky y Federico Lang. .
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Sobre unos libros marxistas
Corría el año de 1937 o 1938 y mi abuelo Arturo Duarte Carrión fue invitado por la Cámara de Comercio de México para un intercambio de informaciones acerca del sistema comercial y bancario de Nicaragua y México. Como invitado tuvo que dar numerosas charlas y conferencias, y se hizo de numerosos amigos en aquella República.
Después de concluidas las sesiones oficiales con ayuda de estos nuevos amigos, se dedicó a recorrer librerías con el objeto de enriquecer más su ya hermosa biblioteca. Don Arturo tenía una biblioteca que constaba de ocho vitrinas de tres cuerpos cada una llenas de libros, en la década de los sesenta. Leía diariamente al menos, tres o cuatro horas por las noches, acostándose entre las 12 y la 1 a.m.
Pues bien, don Arturo compró cantidad de libros y decidió enviarlos por carga a Nicaragua, donde los recibiría posteriormente a su llegada a Managua. Una vez recibida en la aduana de Nicaragua la carga, esta fue abierta, y entre los libros se encontraban algunos cuya autoría era de Marx, Engels, Lenín y otros comentaristas marxistas. Por lo que el Director de Aduanas, Arnoldo García, conocido como Realito y pariente cercano de Somoza García, los retuvo, pero considerando que mi abuelo era un alto funcionario del Banco Nacional no los confiscó ni los destruyó inmediatamente, si no que para buscar como perjudicarlo de alguna u otra forma se fue con el chisme al Presidente de la República General Anastasio Somoza García. Éste y mi abuelo eran amigos de juventud, y el General mandó a llamar a don Arturo. Una vez en su presencia, el Presidente le reclamó por los libros que había introducido a Nicaragua, diciéndole que como era capaz de haber traído estos libros que eran de una ideología extraña escrita por enemigos de los regímenes liberales.
A lo que don Arturo le respondió, precisamente por eso, nosotros ya estamos formado y es muy difícil que nos cambien nuestro modo de pensar, sin embargo, como querés que nos defendamos, que defendamos al régimen de los enemigos si no conocemos a profundidad sus propias ideas. A lo que el Presidente le contestó ¡Apúntate 10 Arturo! Y ordenó al Director de Aduanas quien también se encontraba presente que le entregará inmediatamente los libros a mi abuelo, saliendo este con la cola entre las piernas. . .
Don Arturo y los Fondos Nacionales
El 31 de marzo de 1931 fue el primer gran sismo que destruyó la ciudad de Managua en el siglo XX. En ese tiempo mi abuelo Arturo era el cajero general del Banco Nacional Incorporado, y como tal era el guardián de los fondos del Banco, que a su vez hacía de banco emisor de la moneda y de retenedor de las reservas nacionales. Pues bien el edificio donde se encontraba el banco fue totalmente destruido y las reservas nacionales, en dólares y oro se encontraban enterradas, sin vigilancia podrían ser robadas en cualquier momento. Don Arturo después de poner a salvo a su familia en casa de su hermano Fernando Carrión en Masaya, se dirige donde el Presidente Moncada, los yankees admnistradores de la Institución habían salido del país en barajustada, para que le de algunos hombres y policías para ir a rescatar el dinero y le señale algún lugar donde depositar el tesoro nacional.
Pero Moncada no sabe dónde se pueden guardar dichos fondos ya que los edificios principales de la Capital están destruidos y los pocos que quedaron en pie, como el Instituto Pedagógico de Managua están ocupados por refugiados(religiosos) y no prestan las seguridades para depósito de dinero. Y el Presidente Moncada donde se iba a retirar a su casa en Venecia, no daba las condiciones para que estuvieran entrando y saliendo empleados del banco. Por lo que le dijo a don Arturo, que fuera él quien buscara el local más adecuado para guardar este dinero. Y qué solamente le podía en aquel momento dar un policía para que vigilara el rescate y posterior traslado del dinero.
Pues, así don Arturo con un camión y su conductor y ayudantes y un solo policía de vigilante se fue al derruido edificio del Banco Nacional Incorporado y desenterró el dinero y se le llevó a la casa donde estaba refugiado en Masaya, de su hermano don Fernando Carrión Tiffer, donde tuvo por tres meses los tesoros nacionales. Posteriormente al trasladarse a vivir a Granada, los tuvo por un tiempo similar, hasta que el banco tuvo un edificio que prestaba las condiciones de seguridad necesarias los devolvió a éste. -----------
Otras de mi abuelo Arturo:
Cuando la guerra contra El Salvador y Honduras en 1907, mi abuelo Arturo, teniente de artillería del Ejército nicaragüense, se encontraba en prácticas, con otros militares bajo su dirección, con el famoso cañón “Herald”. Fue entonces que recibieron la orden de dirigirse hacia Honduras para participar en los combates, con el fin de tratar de equilibrar con el cañón la superioridad numérica del enemigo. Tuvo pues, don Arturo y sus compañeros que emprender el camino hacia los campos de batalla, pero cuando se encontraban por entrar en territorio hondureño, les ordenaron detenerse y permanecer en Nicaragua, ya que el ejército nicaragüense había vencido en Namasigüe, a fuerzas combinadas de los otros dos países, gracias al uso de ametralladoras.
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Y hablando del uso de ametralladoras, en ocasión de una de las revueltas en contra del régimen del General Zelaya, en la ciudad de Managua se formó espontáneamente una enorme manifestación antigubernamental que tomó camino hacia el Campo Marte, con intenciones aparentemente violentas. Don Arturo como militar, con otros dos soldados, había recibido órdenes de cuidar la entrada del Campo de Marte, que quedaba frente a lo que fue poco después, el Instituto Pedagógico y esquina opuesta a lo que sería el Hormiguero, con una ametralladora de trípode. Don Arturo había recibido instrucciones de sus superiores de no dejar pasar a nadie más allá de la altura donde se encontraba y de usar la ametralladora contra el gentío sino podía contenerlo de otra manera.
Al aproximarse la multitud y no acatar el alto hecho por los militares, don Arturo se vio en el dilema de si utilizar o no la ametralladora, si obedecer las instrucciones recibidas y provocar una masacre o dejar que la muchedumbre pasara y posiblemente matara a los soldados que no habían obedecido las instrucciones superiores.
En ese momento don Arturo se dio cuenta que había errado en su profesión, que él era incapaz de usar aquella arma contra sus semejantes aunque le costara la vida. Por lo que decidió dejar pasar a la multitud y soportar las consecuencias. Para fortuna para don Arturo y sus dos compañeros la aglomeración solamente transitó por el lugar vociferando en contra del gobierno por la adopción de medidas dictatoriales en contra de los intereses populares, y en apoyo de la revuelta, para disolverse poco después. Los soldados solamente recibieron una fuerte reprimenda de sus superiores sin recibir otro tipo de sanción.
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Anécdota sobre mi abuelita Julia y don Arturo Parajón
Estamos en 1948 y en Nicaragua no se habla más que del deporte Rey, el Béisbol, ya que se va a efectuar en nuestra patria la Décima Serie Panamericana de Béisbol. Con ese propósito fue construido el Estadio General Somoza, y los nombres como Cayasso, Thimoty Mena, Chino Meléndez etc. andaban de boca en boca entre todos los nicaragüenses, así como los de muchos otros jugadores que llegarían con los equipos visitantes de Cuba, México, Estados Unidos, Panamá, etc. La radio y los periódicos dedicaban el 90 % de sus audiciones y publicaciones a comentar sobre la Serie que se iba a celebrar.
Mi abuelita doña Julia Pérez Diez de Duarte Carrión, era una mujer muy elegante, con conocimientos autodidactas en muchas materias, pero de béisbol, conocía lo que era, pero en la vida se había interesado en aprender sus reglas. Lo consideraba como muchas mujeres de la época una cosa de hombres. Pero con el bullicio que provocaba la nueva serie que se iba a celebrar en Nicaragua, donde iban a venir grandes jugadores de otros países, y ante la posibilidad de que nuestro país pudiera salir campeón de la Serie, y el interés que habían mostrado no sólo sus hijos, sino también sus hijas, como que comenzó a mostrar atención a los juegos que se acercaban y decidió, porque se consideraba un gran acontecimiento, ir al juego de inauguración al Nuevo Estadio Nacional junto con otros miembros de su familia, entre ellos su hermana Solignia.
Estando en el Estadio, como se acostumbraba en la época, había un locutor que narraba y comentaba el juego por los altoparlantes, así cuando el pitcher lanzaba la pelota, decía ya se impulsa, lanza, strike el primero, "roletazo" o "rolling" a la tercera base etc., y cuando un jugador iba a anotar una carrera, decía: “ de la tercera base se separa el jugador y va “ para home” (se pronuncia para jon) ……..Ante esto último repetido varias veces, y después de estar observando en el campo incluso de ponerse de pie, mi abuela sorprendida comentó con su hermana, ¡Solignia, no sabía que don Arturo jugaba beisbol, pero por más que trato de ubicarlo en el campo no he podido verlo!
Mi abuelita era de religión bautista y se refería a don Arturo Parajón, que era el pastor más conocido de la época en Nicaragua. (Contada por Solignia Pérezdiez) -
El chorro de reales
Era por los años 1947 o 1948, el gobierno había aumentado recientemente el precio del servicio eléctrico a las casas y mi abuelita Julia Pérez Diez de Duarte Carrión, a quien mi abuelo no le había incrementado su propio presupuesto, era ella quien pagaba este servicio, estaba bien preocupada, por lo que cuando encontraba una luz encendida innecesariamente se molestaba y le reclamaba al causante de esto con una recriminación amistosa, que terminaba siempre con la expresión “que de las luces encendidas sale un chorro de reales”, por lo que rogaba que las apagaran.
El nieto mayor de mi abuelita, Roger Duarte Rodríguez, de unos cinco o seis años en aquel entonces, quien vivía con sus padres en la misma casa que sus abuelos, había oído repetidamente a doña Julia lo anterior por lo que se encontraba sumamente intrigado. Así que un día de tantos que se encontraba solo en su cuarto encendió la luz y se puso a mirar fijamente a la bujía encendida. Doña Julia pasó por el lugar y le preguntó al niño, cuando lo vio extasiado mirando a la luz, ¿Roger, que estás haciendo viendo así la luz encendida? A lo que el niño respondió: “Estoy esperando a que salga el chorro de reales”. (Contada por doña Julia Pérez Diez de Duarte Carrión).--
Salir por la puerta ----
Mi tío abuelo Baldomero Pérez Diez nunca fue buen alumno y tuvo una educación formal muy reducida, apenas llegó a tercer grado de primaria siendo ya casi un adolescente. Lo anterior no quiere decir que no fuera inteligente, a él no le gustaba estar sometido a las reglas escolares, eso de hacer tareas, de aprenderse las lecciones de memoria, de estudiar materias que consideraba no interesantes, le disgustaba cuando era niño.
No obstante lo anterior, empíricamente logró educarse y hasta llegar a ser maestro topógrafo en el Departamento de Carreteras, siendo objeto de consulta casi obligada de ingenieros graduados durante los muchos años que trabajó en esta dependencia. Fue así mismo un poeta de muy buena rima y ritmo, llegando en muchas ocasiones a entablar discusiones con entendidos en la materia, saliendo vencedor en la mayoría de las veces. Lástima que su obra no fuera nunca publicada, ojalá su heredera pudiera algún día divulgarla, por lo menos la mejor y más interesante de la misma.
Era también un hombre de gran genio o agudeza, la cual se refleja en el siguiente relato de comienzos del siglo XX: Corría el año de 1905 o 1906 Baldomero está terminando su tercer grado de primaria, como de costumbre no ha estudiado y siente que hace un pésimo examen, que está aplazado, que no ha pasado el curso, pero ello no lo desanima, y cuando su padre don Francisco Pérez Monterrey le pregunta sobre el resultado del examen de la siguiente manera ¿Baldo cómo saliste? Este le contesta: ¡Por la puerta papá, por la puerta! (Contada por Baldomero Pérezdiez).
Otra de Baldomero
Trabajaba mi tío abuelo Baldomero Pérez Diez, en la Compañía constructora Lacayo Fiallos, en donde tenían que construir un edificio, seguramente por los años de 1948 a 1950 en un sitio en la carretera a Masaya, según me contó el amigo de mi familia en Masaya el Sr. Sergio Guerrero, quien en ese tiempo trabajaba de obrero en la misma.
Se da el caso, de que tiene que medirse el área de construcción, pero en medio del patio en que se hará la construcción hay una pequeña loma, que impide lanzar la línea con el teodolito, que es un instrumento de medición mecánico-óptico que se utiliza para obtener ángulos verticales y, en el mayor de los casos, horizontales, ámbito en el cual tiene una precisión elevada. Con otras herramientas auxiliares puede medir distancias y desniveles. Es portátil y manual; está hecho con fines topográficos e ingenieriles, sobre todo en las triangulaciones. Con ayuda de una mira y mediante la taquimetría puede medir distancias. La taquimetría es un método de medición rápida pero no preciso. Se utiliza para el levantamiento de detalles donde es difícil el manejo de la cinta métrica, para proyectos de Ingeniería Civil u otros.
El «Maitro de obra» consulta con los ingenieros a cargo de la obra y al arquitecto que ha diseñado los planos, pero estos no saben cómo hacer la medida de un extremo a otro del terreno, pues lo impide la loma. Entonces uno de los ingenieros dice, llamen a «Baldo», así le decían a mi tío abuelo, lo llaman y se presenta inmediatamente en el trabajo al cual no estaba asignado.
Una vez que ha examinado el asunto, pide que en lo alto de la lomita, se encienda un fuego y que se le sople al mismo tiempo con periódicos para que saqué bastante humo, entonces desde uno de los extremos del campo, se lanza con el teodolito la recta hasta el origen del humo, y luego se coloca en el lugar donde estaba el fuego el teodolito y se mide al otro extremo del patio, y enseguida se suman las dos distancias y se procede normalmente con las operaciones matemáticas para lograr el área o superficie del terreno. Los ingenieros que estaban en el lugar se quedaron con la boca abierta al ver la agudeza de «Baldo» y lo felicitaron efusivamente.


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